Profesionales venezolanos - Año de pandemia
De izquierda a derecha: Enrique Montbrun, Susan Martínez, José Iván López, Zully Rodríz y Jonathan Quantip.

CARACAS / MARACAIBO, VENEZUELA. - Hace 365 días todo cambió. Nos vimos en la obligación de tomar estrictas medidas para evitar contagiarnos de una enfermedad de la que poco se sabía. Más que nunca, requerimos de esos que siempre han estado allí para cuidar de nosotros. Y Venezuela no fue la excepción.

La nación suramericana reportó sus dos primeros casos el 13 de marzo de 2020. Desde ese momento y hasta el 8 de marzo, el país ha registrado oficialmente unos 142.774 casos positivos y 1.391 fallecidos por el virus. La oposición venezolana ha cuestionado la cifras oficiales de fallecidos. Según datos no oficiales de la ONG Médicos Unidos -hasta su reporte del 28 de febrero- solamente de personal de la salud con criterios para COVID-19, ha habido un total de 349 fallecimientos.

Después de meses de cuarentenas y distintas medidas para evitar la propagación de la enfermedad, el gobierno presentó lo que denominó la fórmula “7+7”, que consiste en alternar una semana de flexibilización con una de cuarentena.

Este esquema permitió que más sectores comerciales, no priorizados, volvieran abrir. El mes de diciembre fue el primero, desde la llegada del virus, en ser completo de flexibilización.

Ya para octubre, el país recibió las primeras dosis de la vacuna rusa contra el COVID-19, la Sputnik V, para participar en la fase tres de los ensayos clínicos.

El gobierno venezolano anunció, en diciembre 2020, la firma de un contrato por 10 millones de dosis de la Sputnik V. Venezuela recibió las primeras 100.000 dosis a mediados de febrero de este año y el sábado 6 de marzo, recibió otro cargamento.

Además, al país llegaron unas 500.000 dosis de vacunas contra el COVID-19 provenientes de China.

En el medio de todo esta situación, además de las personas que se han visto afectadas por el COVID-19, están quienes han aportado con su tiempo y experticia para sanar, escuchar y ocuparse de quien más lo necesita. Estos son algunos de sus rostros, e historias.

En primera línea

“La desgracia de la pandemia es no tener recursos", afirma el doctor Enrique Montbrun en conversación con la VOA en Caracas, Venezuela. Foto: VOA

Al igual que en el resto de los países, en Venezuela, doctores, enfermeras, y todo el personal médico, con los recursos que tienen a la mano, han estado al lado de los pacientes este año que transcurrió.

Enrique Montbrun, cirujano y especialista en medicina en casos de catástrofe, comenta a la Voz de América que a finales de diciembre de 2019, cuando empezó a la salir la información de lo que ocurría en Wuhan, China, él recordó cuando apareció el SARS anterior.

“Cuando oímos la palabra coronavirus de nuevo, pues, nos asustamos. Pero no pensamos de forma inmediata que iba ser una enfermedad que se iba a inseminar como una pandemia”, recuerda el también profesor universitario. 

En términos generales, agrega al doctor, al principio nadie sabía “cómo actuar”, y por ello considera que han sido las personas que han tenido que lidiar con la enfermedad “los grandes héroes” de la situación.

“Empezó ese ensayo y error, donde los grandes héroes fueron esos pacientes que, en los primeros tres, cuatros meses, fueron esos ‘Conejillos de Indias’ (…) porque de alguna u otra forma necesitábamos conocer rápidamente cómo se comportaba el virus y obviamente ensayar opciones terapéuticas porque no se sabía cómo combatirlo”, explica Montbrun.

Comenta que sus primeros “golpes” con la enfermedad fueron ver cómo se llevaba a compañeros suyos rápidamente. Una de las cosas que más le ha afectado y que se lleva como una “gran lección”, agrega, es ver cómo, a pesar de querer hacer las cosas, no siempre se podía. “La desgracia de la pandemia es no tener recursos”, afirma. 

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El pasado 18 de febrero, Venezuela comenzó la inmunización de su personal médico con las vacunas que habían llegado. A pesar de que Montbrun se encuentra en el sector priorizado, está en un dilema.

Fue voluntario en el ensayo clínico de la Sputnik V que se realizó en el país. Al ser un estudio doble ciego, que ni el investigador ni el sujeto sabe si le ponen la vacuna o un placebo, desconoce qué recibió y si debe vacunarse o no.

Comenta que participó porque quería demostrar a sus compañeros y estudiantes que, según las informaciones, la vacuna era segura y era eficaz y útil para el país.

Aunque esto representó una encrucijada, asegura que “lo hubiera hecho de nuevo, otra vez, porque era importante para que muchísima gente confiara en que la vacuna era útil”.

Contagio, muerte y valor

José Iván López, enfermero venezolano, junto a su pareja y médico residente, Luis Manuel Fuenmayor, en la última foto que se tomaron juntos. Maracaibo, Zulia. Foto: Cortesía

El primer año de la pandemia marcó por eventos desafortunados la vida de José Iván López, un joven enfermero del hospital Universitario de Maracaibo, en el occidente de Venezuela. López se contagió de COVID-19 en su lugar de trabajo a mediados de 2020; vivió el rechazo de sus vecinos por temor a infectarse; atestiguó la renuncia de decenas de colegas por no querer arriesgar sus vidas; contrajo una bacteria intrahospitalaria. Y por si fuera poco, por culpa del virus falleció su pareja durante los últimos tres años: un médico residente del mismo centro asistencial.

En febrero del año pasado, un mes antes de la declaratoria de emergencia nacional, llegó el primer caso del nuevo coronavirus al Universitario. La muerte a las semanas de un enfermero del hospital por el COVID-19 causó “una diáspora” del personal, cuenta a la Voz de América.

“Se fue demasiada gente”, dice. Se calcula que había entre 150 y 200 enfermeros intensivistas en su hospital antes de la pandemia. Hoy, quedan unas decenas de ellos, calcula. 

Recuerda que el miedo cundió en los pasillos del lugar y en su hogar.

“Todos los días era una lucha psicológica para ir a trabajar. Mi familia me decía que no fuera. En mayo tuve que irme, vivir solo en otra casa” por temor al contagio, revela.

Dos meses después, contrajo el COVID-19 junto a su mellizo, Iván José, también enfermero. Corrían los tiempos cuando las autoridades del estado Zulia respondían a una prueba positiva con un protocolo de aislamiento forzado de pacientes. Se escondieron y trataron por su propia cuenta, con base en sus experiencias. 

“La policía nos buscó por toda Maracaibo”, recuerda. En su comunidad, la gente huía cuando veía a su familia. “Nos mandaban a decir que no nos querían ahí”.

 

 

Su novio, Luis Manuel Fuenmayor Parra, un médico residente del Universitario en su primer año de estudios, manifestó síntomas de COVID-19 en una de sus guardias a mediados de octubre del año pasado. Lo internaron de emergencia. José Iván lo cuidó por 11 días en la unidad de cuidados intermedios. Días después, el enfermero se desvaneció producto de una “neumonía bestial” a causa de una bacteria intrahospitalaria que trataron como una reinfección de COVID-19.

Su pareja, a quien habían trasladado a hospitalización días antes, recayó y falleció el 23 de noviembre del 2020 en la unidad de cuidados intensivos del hospital. “Por mi mente, no pasaba la idea de que Luis Manuel se iba a morir. Fue mucho sufrimiento”, comparte el joven enfermero. En su honor, crearon la fundación Doctor Luis Manuel Fuenmayor Parra, que asiste a niños con medicamentos y consultas. 

José Iván volvió al trabajo semanas después, ahora en la unidad de cuidados intensivos pediátrica del hospital. Tras recibir su primera dosis de vacuna contra el COVID-19, cuenta que ha sido “difícil” volver a la batalla sanitaria. “El COVID-19 me enseñó que nadie es más que nadie. No mira el dinero que tengas, tu raza, ni el color de tu piel”, expresa. “Aquí sigo. Si todos abandonamos esta lucha, ¿quiénes quedan para los pacientes?”, reflexiona.

La ayuda llega en ambulancia o moto

Parte del equipo de Ángeles de las Vías en su oficina en Caracas, Venezuela. Esta ONG trasladó a unos 17 pacientes con COVID-19 la semana anterior a la conversación con la VOA, según comentaron. Foto: VOA.

Pacientes venezolanos ha recurrido a ellos, incluso antes de poder llegar a ser atendidos por un doctor. Se trata de Ángeles de las Vías, un grupo de paramédico voluntarios que inició su labor hace unos dos años.

Zully Rodríz, directora ejecutiva de la ONG, comenta que empezaron atendiendo a víctimas de accidentes viales en las calles de Caracas y, cuando crecieron, iniciaron con otras emergencias médicas en casa.

Hay aproximadamente 30 voluntarios, comenta, que son desde médicos y enfermeras, hasta diseñadores gráficos, reporteros de tránsito o, como ella, que es arquitecta. 

“Cada uno de nosotros tiene una profesión, pero veíamos la necesidad que estaba requiriendo nuestro país en cuanto a la atención de emergencia prehospitalaria”, explica Rodríz a la Voz de América.

Cuando llegó la pandemia al país, no contaban con los equipos para atender a pacientes positivos. Luego de recibir apoyo internacional, empezaron hacer el traslado y la atención en casa de los pacientes con COVID-19.

“Hemos tenido que atender pacientes pediátricos, como hemos tenido que atender pacientes de 40, 50 años, casos muy muy graves”, relata.

Explica que el cuidado de estos pacientes puede ser “complicado” y que ha sido un trabajo “muy fuerte”, donde han tenido que ir aprendiendo.

“Es estresante. Da miedo. Yo tengo dos hijos, una de las cosas que a mí me da pánico es llegar a casa y estar contagiada. Pero estamos aquí porque nos gusta, estamos aquí porque amamos lo que hacemos y lo hacemos con todo el amor del mundo y estamos preparados para hacerlo. Conocemos los protocolos”, apunta.

Por su parte, Jonathan Quantip, presidente y uno de los fundadores de Ángeles de las Vías, comenta que ha sido un año “complejo” y ratifica que, al igual que todos los que trabajan en el área de salud, han ido aprendido junto a los científicos sobre el virus y cómo tratar a los pacientes.

“Lo más difícil fue vencer el miedo en las primeras de cambio. Nosotros mismo como equipo teníamos mucho temor a la hora de enfrentarnos con este tipo de paciente. Ya el trabajo y el día a día nos ha demostrado que podemos realizar las atenciones de manera segura”, comenta Quantip.

A la hora de atender a pacientes COVID-19, es esencial la correcta colocación y utilización del traje de protección. Ponerse el traje, a pesar de los cuidados, toma unos 10 minutos o menos. Pero quitárselo de forma segura requiere seguir un protocolo, por lo que puede tomar hasta 30 minutos.

“Cuando tú te pones el traje (de protección para atender a un paciente), no sabes a qué hora te lo vas a retirar”, afirma Rodríz.

Mirianlegy Rodríguez, paramédica voluntaria de Ángeles de las Vías, llegó a pasar hasta 18 horas con el traje de protección atendiendo a un paciente. Foto: VOA.

Esto lo vivió Miriangely Rodríguez, paramédica voluntaria de Ángeles de las Vías, técnico superior en emergencias médicas y licenciada en enfermería.

Miriangely y otros compañeros pasaron en una oportunidad hasta 18 horas con el traje, atendiendo a un paciente. Comenta que se trataba de una persona que estaba sola en el país, y tras ser llamados por sus vecinos, confirmaron que tenía síntomas de COVID-19. 

“Lo atendimos en la ambulancia, lo estabilizamos con oxígenos y con otros medicamentos. Lo llevamos a distintos hospitales, en ninguno hospital tenían cupo”, recuerda Rodríguez. 

Por ello, mientras compañeros suyos recorrían la ciudad intentando que el paciente fuese ingresado, otros lo atendían. La persona no fue recibida en el centro médico hasta la mañana del día siguiente.

Rodríguez destaca la necesidad e importancia de la asistencia prehospitalaria en el país y reconoce que este año ha sido de “emociones intensas” y “muchísimo estrés”.

Entre tanto, Quantip alerta: “es verdad, necesitamos retomar nuestra vida, pero el virus no se ha ido y continúa aquí”.

Rodríz, por su parte, comenta: “Todos estamos cansados de utilizar mascarillas, por supuesto, pero es más fácil tener una máscara, que te tengan que entubar en un hospital, y estar solo, aislado”.

Clases en pandemia “por la mística”

No tiene vehículo, ni saldo a su favor en su línea telefónica. Tampoco cuenta con un servicio de Internet en su hogar, pero, aún así, Jenny González dicta clases en plena pandemia a 40 niños de primer grado, que residen en cinco barriadas de la parroquia Venancio Pulgar de Maracaibo, en el oeste venezolano.

Dos veces a la semana, por las tardes, camina durante 30 minutos a través de las gargantas de tres vecindades para llegar a lugares abiertos, como patios o casas amplias de algún representante, donde enseña a leer, sumar, restar y multiplicar a sus alumnos. Los divide en grupos de 20 niños por cada turno. 

El cierre de las escuelas hace un año por orden presidencial la llevó a visitar “por voluntad propia” los hogares de cada uno de sus estudiantes. “Vi casas con muchos desórdenes, con carencias, niños sin cuadernos, sin bañarse, que duermen hasta el mediodía porque no hubo cena ni desayuno”, cuenta a la Voz de América sobre sus experiencias desde marzo del año pasado.

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Docente venezolano: “una persona que lava carros en la calle gana más que un maestro”
El ministro de Salud indicó que esta semana, y tras la llegada de unas 500.000 dosis de la vacuna contra el COVID-19 provenientes de China, iniciará el proceso de vacunación en el sector docente.

Sus bajo ingreso mensual por su rol de educadora, de unos pocos dólares al mes, le han forzado a hacer tortas y dulces en su casa para salir a venderlos en vecindades cercanas. Es “buhonera” de día y educadora de tarde, describe.

Formalmente, el sindicato donde está agremiada está en paro de “manos caídas” para exigir al Ministerio de Educación venezolano mejores salarios. En la práctica, Jenny investiga, educa en clases presenciales, redacta boletines y, de vez en cuando, se le ve rogando a vecinos por un poco de “wifi” para poder preparar sus lecciones futuras y comunicarse con padres y alumnos.

“Estoy atendiendo mi matrícula por mística, por cuidar esa generación de niños que van a ser mis tutores cuando tenga mi vejez. Son muchachos que van a ser presidentes, nuevos ingenieros, los que van a levantar al país”, dice Jenny, quien también invierte su tiempo en estudios a distancia de Contaduría Pública.

No solo salud física

Susan Martínez es coordinadora nacional del Programa de Psicólogos Voluntarios, a cargo de Federación de Psicólogos de Venezuela y en conjunto con distintos colegios de psicólogos en el país, que empezó formalmente en mayo del año pasado.

Martínez explica que el programa intentó lanzarse en 2016, como respuesta a las manifestaciones, y en 2019, con los apagones. Actualmente cuenta con aproximadamente 180 voluntarios y ya han atendido unos 2.000 casos, que se traducen en unas 8.000 consultas remotas. 

“Inicialmente el objetivo era prestarles apoyo psicoemocional a la población venezolana que se estaba viendo afectada por alguna situación psicológica, que estuviese afectada por todo lo del COVID-19”, comenta Martínez a la Voz de América.

Sin embargo, la mayoría de los casos, explica la psicóloga, son situaciones de larga data, como duelos, trastornos del sueño, así como algún tipo de manifestación de ansiedad o de episodios depresivos. En menor medida, explica, han tratado situaciones como ansiedad por contagio o por confinamiento.

“Evidentemente esta necesidad de apoyo psicológico la han tenido desde hace mucho tiempo y, a partir de la situación, es que se dan cuenta de: 'mira, sí, requiero de un apoyo'”, explica. 

Martínez expone que ha sido un año de “bastante retos”, y no solamente por lo formativo. Comenta que, en la mayoría de los casos, las personas requieren atención prolongada y han tenido problemas para poder remitir los casos que requieren atención.

La psicóloga comenta que las situaciones un poco más sensibles son las de ansiedad por remisión de contagio, las personas que temen volver a contraer la enfermedad, pues no hay una manera de asegurar que no vaya a ser así. “Eso también nos genera incertidumbre a nosotros”, afirma.

Aunque admite que todavía queda trabajo por hacer, Martínez enfatiza la labor de todo el gremio médico durante estas circunstancias. Hizo un llamado a dejar de ver la terapia psicológica como el último recurso, y empezar a tratarla como una medida preventiva.

“La salud mental es tan importante como la salud física, y si no nos sentimos bien emocionalmente y psicológicamente, se nos dificulta también hacerle frente a las diferentes situaciones que se nos presentan en la vida diaria”, concluye.

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